Código de práctica terapéutica de Institut Singular

Los principios, compromisos y límites que orientan nuestra práctica y protegen a las personas que confían en nosotros.

PRINCIPIO 1 — CADA SER HUMANO ES SINGULAR E IRREPETIBLE

Dos personas pueden tener el mismo diagnóstico, la misma adicción e incluso consumir la misma sustancia y, sin embargo, estar delante de dos historias completamente diferentes.

Detrás hay una biografía, unos vínculos, unas heridas, una manera de defenderse, una forma de relacionarse, un sistema nervioso, un organismo, una genética, una determinada vulnerabilidad y unos recursos propios.

Por eso los diagnósticos, los modelos y los protocolos son importantes. Nos ayudan a comprender, a orientarnos y a intervenir. Pero hay un riesgo: confundir el mapa con la persona.

Cuando intentamos que todas las personas recorran el mismo camino porque tienen el mismo diagnóstico, dejamos de mirar a quien tenemos delante.

En Institut Singular partimos de un principio: cada ser humano es singular e irrepetible.

Por eso no intentamos adaptar a la persona al tratamiento. Intentamos adaptar el tratamiento a la persona.

PRINCIPIO 2 — RECONOCEMOS EL PODER QUE TENEMOS COMO TERAPEUTAS Y NOS RESPONSABILIZAMOS DE SUS LÍMITES

La relación terapéutica no es una relación completamente entre iguales, y reconocerlo es importante. Una persona entra en consulta y deposita en nosotros algo especialmente valioso: su confianza. Nos habla de sus miedos, de sus heridas, de sus relaciones, de su sexualidad, de aquello que le avergüenza y de experiencias que quizá nunca ha contado a nadie.

En determinados momentos puede encontrarse, además, en una situación de especial vulnerabilidad. Y el terapeuta ocupa una posición desde la que sus palabras, sus decisiones y sus actos pueden tener una enorme influencia.

Negar ese poder no protege al paciente. Reconocerlo y responsabilizarnos de él, sí.

Por eso entendemos que los límites de la relación terapéutica no son responsabilidad del paciente. Son responsabilidad del profesional y de la institución.

Un paciente no debería tener que preguntarse dónde están esos límites, ni sentirse responsable de protegerlos. Tampoco debería tener miedo de decir que algo le ha incomodado o pensar que cuestionar una actuación de su terapeuta puede poner en peligro su tratamiento.

Nuestra responsabilidad es construir un espacio en el que esos límites sean claros, conocidos y seguros.

Y esto también exige que el terapeuta se revise, porque el poder no se ejerce únicamente mediante grandes abusos. También puede aparecer de formas mucho más sutiles: cuando necesitamos ser admirados, cuando queremos sentirnos imprescindibles, cuando generamos dependencia, cuando confundimos acompañar con decidir por el otro, cuando utilizamos nuestra autoridad para imponer nuestra verdad o cuando dejamos de preguntarnos si aquello que estamos haciendo sigue estando al servicio del paciente.

Por eso no confiamos únicamente en las buenas intenciones.

Tenemos límites. Tenemos supervisión. Y necesitamos mecanismos para que esos límites también puedan ser revisados desde fuera.

Por eso, en Institut Singular disponemos de protocolos de actuación ante posibles situaciones en las que esos límites puedan haberse vulnerado.

Si alguna vez un paciente siente que algo que ha sucedido en la relación terapéutica no ha sido adecuado, debe poder decirlo y debe poder activarse nuestro protocolo interno. Y debe poder hacerlo también sin tener que enfrentarse directamente al profesional implicado.

Queremos que exista un lugar al que acudir, un procedimiento para escuchar, una forma de revisar lo ocurrido y una institución que asuma la responsabilidad de actuar cuando sea necesario.

Porque la seguridad terapéutica no consiste en afirmar:

“Aquí nunca ocurrirá nada.”

Consiste en poder decir:

“Sabemos que existe una relación de poder. Precisamente por eso hemos establecido límites claros y mecanismos para protegerlos.”

La confianza del paciente no nos concede más poder. Nos exige más responsabilidad.

Y cuanto más vulnerable sea la persona que tenemos delante, más firmes deben ser nuestros límites.

PRINCIPIO 3 — NO JUZGAMOS

Una persona no es lo peor que ha hecho. No es su recaída, su mentira, su adicción ni su diagnóstico.

En terapia vamos a encontrarnos con conductas que pueden generar rechazo, enfado, frustración o incomprensión. Pero nuestro trabajo no es decidir si alguien es bueno o malo. Nuestro trabajo es intentar comprender.

Y comprender no significa justificar. Podemos confrontar una conducta, señalar el daño que provoca, poner límites y pedir responsabilidad. Pero podemos hacer todo eso sin condenar a la persona que tenemos delante.

Porque cuando juzgamos, dejamos de sentir curiosidad. Dejamos de preguntarnos qué hay detrás de esa conducta y empezamos a creer que ya tenemos la respuesta: “Es un manipulador”, “es un mentiroso”, “no quiere cambiar”, “es un adicto”.

Y cuando convertimos una conducta en una identidad, corremos el riesgo de dejar de ver a la persona.

En Institut Singular intentamos cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos “¿Qué le pasa a esta persona?”, intentamos preguntarnos “¿Qué le ha pasado a esta persona?”

No juzgar no significa permitirlo todo. Significa poder mirar incluso aquello que necesitamos confrontar sin retirar la dignidad, el respeto ni nuestra voluntad de comprender.

PRINCIPIO 4 — NO HUMILLAMOS

La humillación no cura. La vergüenza no transforma. Y el miedo puede conseguir obediencia, pero obedecer no es cambiar.

Durante mucho tiempo, especialmente en el tratamiento de las adicciones, determinadas prácticas se han justificado desde ideas como: “Hay que romper al adicto”, “necesita tocar fondo”, “hay que bajarle el ego” o “si somos demasiado blandos, no cambiará”.

Nosotros no compartimos esa mirada.

Podemos confrontar, poner límites, decir cosas difíciles y pedir responsabilidad. Pero nunca necesitamos destruir la dignidad de alguien para ayudarle a cambiar.

Ridiculizar, intimidar, gritar, exponer delante de otros, utilizar información íntima para avergonzar o ejercer nuestra autoridad para someter a una persona no son herramientas terapéuticas. Son límites que un terapeuta no debe cruzar.

Y existe una razón especialmente importante: la persona que pide ayuda se encuentra en una posición de vulnerabilidad y deposita una parte de su confianza en nosotros.

Eso aumenta nuestra responsabilidad, no nuestro derecho a ejercer poder sobre ella.

Podemos ser firmes. Podemos confrontar. Podemos establecer límites claros y señalar aquello que creemos que necesita ser visto. Nada de eso requiere humillar al otro.

La firmeza puede formar parte de una terapia. La humillación, no.

PRINCIPIO 5 — NO ABANDONAMOS

Hay momentos en los que un paciente puede hacer que acompañarlo resulte difícil. Puede recaer. Puede mentir. Puede enfadarse. Puede resistirse. Puede incumplir acuerdos. Puede volver una y otra vez al mismo lugar. Y precisamente ahí aparece una pregunta importante: ¿Qué hacemos cuando el proceso no avanza como nosotros esperábamos?

En algunos modelos, retirar el vínculo, expulsar o amenazar con hacerlo puede convertirse en una forma de presión. Nosotros creemos que el vínculo terapéutico no debe utilizarse como premio ni como castigo. No abandonamos a alguien porque recaiga o porque su proceso se complique.

Eso no significa permitirlo todo. Podemos poner límites. Podemos cambiar el encuadre. Podemos aumentar el nivel de intervención. Podemos reconocer que el tratamiento que ofrecemos ya no es suficiente. Y podemos derivar cuando otro profesional o recurso puede ayudar mejor. Porque derivar responsablemente no es abandonar.

Abandonar es otra cosa: es retirar nuestra presencia como respuesta al fracaso, a la frustración o a la dificultad del paciente. Hay personas que probablemente han experimentado muchas veces que, cuando se vuelven difíciles, alguien termina marchándose. La terapia no debería repetir esa historia.

Cuando el proceso se complica, no abandonamos a la persona. Revisamos cómo seguir acompañándola.

PRINCIPIO 6 — ENTENDEMOS QUE UN SÍNTOMA NO ES SOLO UN DÉFICIT: TAMBIÉN PUEDE SER UNA DEFENSA

Cuando aparece un síntoma, nuestra primera reacción suele ser querer eliminarlo. Porque entendemos el síntoma como algo que falla. Como un déficit. Como algo que sobra. Como el problema que hay que resolver. Pero en terapia necesitamos hacernos también otra pregunta: ¿Y si aquello que hoy genera sufrimiento, en algún momento apareció para proteger a la persona de algo?

La adicción es una enfermedad y necesita ser tratada como tal. Pero el consumo también puede haber adquirido una función. Puede anestesiar un dolor. Puede regular emociones que desbordan. Puede permitir desconectar. Puede calmar. Puede proporcionar pertenencia. Puede ayudar a evitar una realidad que la persona todavía no sabe cómo afrontar. Es decir, aquello que hoy constituye parte del problema pudo ser, en algún momento, una solución. Una solución que terminó teniendo un coste enorme.

Y esto cambia nuestra manera de mirar el síntoma. Porque una defensa puede proteger y, al mismo tiempo, acabar destruyendo. Comprender su función no significa justificarla, mantenerla ni romantizarla. Significa preguntarnos qué está sosteniendo antes de intentar retirarla.

Porque si eliminamos una defensa sin comprender de qué estaba protegiendo a la persona, podemos dejarla frente a algo que todavía no tiene recursos para sostener. Por eso no nos preguntamos únicamente: “¿Cómo eliminamos este síntoma?” También nos preguntamos: “¿Qué función está cumpliendo?” “¿De qué puede estar protegiendo?” “¿Y qué necesita desarrollar esta persona para dejar de necesitarlo?”

Porque a veces un síntoma señala aquello que no funciona. Pero otras veces también nos muestra cómo esa persona aprendió a sobrevivir.

PRINCIPIO 7 — NOS SUPERVISAMOS: NINGÚN TERAPEUTA DEBERÍA SER SU ÚNICA REFERENCIA

Ser terapeuta no significa verlo todo ni se puede autodiagnosticar a uno mism@ de nada. Podemos tener experiencia. Podemos tener formación. Podemos llevar muchos años acompañando personas. Y aun así, podemos equivocarnos. Podemos quedarnos atrapados en una manera de entender un caso. Podemos normalizar algo que no deberíamos normalizar. Podemos no ver nuestros propios puntos ciegos. O podemos implicarnos demasiado sin darnos cuenta.

Por eso, para nosotros, la supervisión no es algo que se hace solamente cuando aparece un problema. Forma parte de la práctica terapéutica. Supervisar significa permitir que otro profesional pueda mirar nuestro trabajo, cuestionarlo y ayudarnos a ver aquello que nosotros solos quizá no estamos pudiendo ver.

Y para hacer eso hace falta algo importante: aceptar que ser terapeuta no nos coloca por encima de la posibilidad de equivocarnos. La supervisión no debería vivirse como una señal de inseguridad o de falta de experiencia. Al contrario. Es una forma de responsabilidad.

Porque cuando trabajamos con la vulnerabilidad, la intimidad y el sufrimiento de otras personas, nuestros puntos ciegos también pueden tener consecuencias. Por eso nos revisamos. Y por eso también nos supervisamos. Porque ningún terapeuta debería convertirse en su única medida de lo que está bien.

PRINCIPIO 8: ACOMPAÑAMOS DESDE UNA ACTITUD ABIERTA, COMPASIVA Y DISPONIBLE

Antes de cualquier técnica, de cualquier diagnóstico y de cualquier intervención, hay algo que importa: desde qué lugar nos sentamos delante de una persona. Podemos escuchar para confirmar lo que ya pensamos. Podemos escuchar buscando rápidamente un diagnóstico. Podemos escuchar preparando la siguiente intervención. O podemos intentar sentarnos delante del otro con una actitud diferente: abierta, compasiva y disponible.

Abierta significa intentar no dar por supuesto que ya sabemos quién es la persona que tenemos delante. Llegar con conocimiento, experiencia y herramientas, sí. Pero también con curiosidad. Con la disposición a dejarnos sorprender. A preguntarnos antes de concluir. A escuchar antes de interpretar.

Compasiva significa intentar comprender el sufrimiento y también las contradicciones de la persona sin colocarnos por encima de ella. No preguntarnos solamente: “¿Por qué hace esto?” Sino intentar acercarnos a otra pregunta: “¿Qué hace que esto tenga sentido para esta persona?”

Y disponible significa estar realmente presentes. No únicamente escuchar sus palabras, sino estar atentos a lo que ocurre en el encuentro. A lo que dice. A lo que evita. A lo que siente. Y también a aquello que todavía no puede poner en palabras.

Pero una actitud compasiva no significa una actitud complaciente. Podemos estar abiertos y confrontar. Podemos comprender y poner límites. Podemos acoger el sufrimiento y pedir responsabilidad. Podemos ser profundamente respetuosos y decir algo que resulte difícil escuchar. La compasión no elimina la firmeza sino que le da un lugar desde el que ejercerse.

Porque antes que un diagnóstico, un paciente o un problema que resolver, delante de nosotros hay una persona. Y creemos que la terapia empieza precisamente ahí: en la manera en la que decidimos sentarnos delante de ella.

PRINCIPIO 9: ACOMPAÑAMOS HACIA LA AUTONOMÍA, NO HACIA LA DEPENDENCIA

Ayudar no siempre significa hacer más. A veces, ayudar significa precisamente saber cuándo no hacer por el otro aquello que puede empezar a hacer por sí mismo. Cuando alguien está sufriendo, como terapeutas podemos sentir el impulso de proteger. De resolver. De aconsejar. De decidir. De evitar que se equivoque. De darle respuestas. Y muchas veces lo hacemos desde el cuidado y con la mejor de las intenciones. Pero existe un riesgo: que nuestra ayuda termine ocupando el espacio en el que la persona necesita desarrollar sus propios recursos.

Porque si siempre damos la respuesta, no dejamos espacio para que aprenda a encontrarla. Si siempre decidimos, no ayudamos a aprender a decidir. Si evitamos cualquier equivocación, no permitimos aprender de ella. Si sostenemos permanentemente aquello que la persona ya puede empezar a sostener, podemos acabar reforzando precisamente aquello que queremos transformar. Por eso intentamos hacernos una pregunta: ¿Esta persona necesita que haga esto por ella o necesita que la acompañe mientras aprende a hacerlo por sí misma?

Y la respuesta no siempre será la misma. Habrá momentos en los que una persona no pueda. Y entonces tendremos que estar más cerca. Sostener más. Acompañar más. Proteger incluso, cuando sea necesario. Pero a medida que aparecen recursos, nuestra posición también debe cambiar. Dar espacio. Devolver responsabilidad. Permitir decidir. Permitir equivocarse. Permitir reparar. Permitir descubrir que puede.

Porque acompañar no consiste solamente en sostener las dificultades de una persona. También consiste en ayudarla a descubrir su capacidad para sostenerlas. No hacemos por alguien aquello que todavía no puede hacer. Pero tampoco hacemos por alguien aquello que ya puede empezar a aprender a hacer por sí mismo.

Porque algunas veces ayudar es sostener. Y otras veces, ayudar es tener la confianza suficiente en el otro como para dejarle hacer.

PRINCIPIO 10: ACOMPAÑAMOS EL CAMBIO COMO PROCESO DE DESCUBRIMIENTO

¿Qué significa realmente que una persona cambie? Para nosotros, no significa conseguir que se convierta en quien el terapeuta cree que debería ser. Ni decirle cómo tiene que vivir. Ni sustituir unas normas por otras.

La terapia debería ayudar a una persona a conocerse cada vez más profundamente. Comprender su historia. Reconocer sus heridas. Identificar sus patrones. Entender sus defensas. Descubrir sus necesidades. Reconocer sus recursos. Observar aquello que repite sin darse cuenta. Y comprender por qué, muchas veces, hace lo que hace. Porque aquello que no conocemos de nosotros mismos también condiciona nuestras decisiones. Cuanto menos me conozco, más fácilmente repito. Cuanto más puedo verme, más posibilidades tengo de elegir.

Pero el autoconocimiento no consiste solamente en descubrir nuestras dificultades. También significa ampliar nuestro autoconcepto. Porque muchas personas llegan a terapia identificándose precisamente con aquello que más les hace sufrir. “Soy un adicto.” “Soy inseguro.” “Soy dependiente.” “Soy incapaz.” “Siempre he sido así.” Y cuando una persona convierte una parte de su historia en toda su identidad, también reduce las posibilidades que imagina para sí misma.

Por eso el proceso terapéutico debería ayudarla a descubrir que es mucho más que aquello con lo que ha aprendido a identificarse. Más que su diagnóstico. Más que su adicción. Más que sus heridas. Más que sus errores. Más incluso que la idea que hasta ahora ha construido sobre sí misma. Ampliar el autoconcepto significa empezar a descubrir capacidades, recursos, posibilidades y maneras de estar en el mundo que quizá hasta ahora no habían tenido espacio.

Y entonces aparece algo fundamental: la posibilidad de elegir. Elegir qué quiere conservar. Qué necesita transformar. Qué quiere dejar atrás. Qué relaciones quiere construir. Cómo quiere relacionarse consigo misma. Y, progresivamente, qué vida quiere vivir.

Quizá todo nuestro trabajo pueda resumirse ahí: No decirle a una persona quién tiene que ser. Sino acompañarla a conocerse suficientemente como para descubrir quién es, quién ha creído que era y quién puede llegar a ser.

Porque cuando ampliamos el autoconocimiento, ampliamos el autoconcepto. Cuando ampliamos el autoconcepto, aparecen nuevas posibilidades. Y cuando aparecen nuevas posibilidades, también se amplía nuestra libertad para elegir.

Conocerse. Ampliarse. Elegir. Para nosotros, ahí empieza la posibilidad de construir una vida verdaderamente propia basada en una decisión profunda y real.

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